Cada vez más universidades contemplan programas de arte en su malla curricular. las demás universidades buscan ofrecer títulos oficiales en arte.

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Dentro de los paradigmas que están cambiando en el país, hay uno que parece llevarse las palmas: Maestrías, posgrados, tecnicaturas y espacios de experimentación funcionan como un germen para que hoy se puede estudiar arte en la Argentina y profundizar las investigaciones en esta materia.


 


Una de las iniciativas que marcan esta tendencia es la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Tres de Febrero, que dirige la escritora María Negroni. Negroni vivió en Estados Unidos veinte años. Allí daba clases de escritura creativa en la Universidad de Nueva York y muchos de sus alumnos eran argentinos. “¡Era un absurdo! –dice hoy Negroni–. ¿Cuántos argentinos pueden bancarse un proyecto de dos años? Con los escritores buenísimos que hay en Argentina, pensé por qué no armar algo así en el país. Se lo propuse al rector de la Tres de Febrero y me dijo adelante.”


 


La maestría está atravesando su primer año y en agosto comienza la segunda camada, en la que de 120 inscriptos quedaron elegidos treinta. Como es un curso de posgrado, los requisitos implican tener título universitario. Además, hay que presentar cartas de recomendación y una muestra de escritura. “Al principio, cuando les comentaba la idea a mis amigos me decían que era un invento norteamericano, pero el primer programa de escritura creativa es de la Universidad de Leipzig en Alemania, que es anterior a la famosísima de la Universidad de Iowa, donde se han formado escritores norteamericanos muy importantes. Hoy no hay universidad norteamericana prestigiosa que no tenga su programa. En América latina, Chile tiene una licenciatura en escritura creativa, también Colombia y México”, dice Negroni. En cuanto al panorama local, Negroni da un marco de situación: “En la Argentina hay una modalidad de taller literario en el que uno elige y busca a alguien que admira y va a trabajar con esa persona. Está muy bien, ya que la existencia de los talleres prueba la necesidad de que hay un montón de personas que están escribiendo. De hecho, los treinta lugares que tenemos vacantes no cubren la necesidad y menos para los chicos del interior del país, ya que todo está concentrado en Buenos Aires. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA te forman como crítico literario y ahí es otro el proceso.


 


Este tipo de maestrías te permite trabajar con distintos escritores, y podés adentrarte en la práctica de los diferentes géneros pese a que hoy es bastante lábil esa frontera. Además, se forman ciertas redes que, profesionalmente, el día de mañana pueden servir, ya que los profesores publican y tienen acceso a los suplementos literarios y contacto con los editores”. Pero la pregunta, clave, se mantiene: ¿se enseña a ser escritor? Dice Negroni: “Uno no se transforma en escritor en dos años, eso lleva décadas, hasta cuando sos un escritor consagrado siempre estás empezando de cero, pero podés tener una aproximación desde el punto de vista desde la cocina de la escritura. Como dice Rilke en Carta al joven poeta, uno tiene que aprender viviendo, escribiendo y leyendo. 


 


Algo parecido dice el cineasta Manuel Antín, director y fundador de la Universidad del Cine en 1991, a sus alumnos en la charla de bienvenida: “Los grandes cineastas nunca estudiaron cine. Y nosotros tenemos bastante experiencia en esta actividad, sobre todo en el interés de despertar vocaciones y enseñar la mecánica, ya que el talento no se enseña. El esqueleto, la carne y la sangre la tienen que poner los alumnos. Y encontrarán en nosotros el apoyo para realizar sus sueños”.


 


En cuanto a la necesidad de convertirse en una universidad, dice Antín: “Nosotros no sólo enseñamos cine, sino cultura. En nuestro programa hay materias como Semiótica, Historia del Cine o Filosofía, ya que la Universidad del Cine es una facultad de Literatura y Arte con experiencia audiovisual. Los alumnos no salen como técnicos, sino con una formación cultural importante”.


 


Para el pintor holandés residente en Argentina Rob Verf –que enseña en un curso llamado Arte visual como forma de expresión, en la Universidad Nacional de San Martín–, todos pueden aprender a pintar: “Es un problema técnico, pero lleva determinación y esfuerzo en la práctica y la motivación del estudiante. Lo más difícil de enseñar es sobrepasar el miedo a la creación. Mucha gente tiene miedo de expresarse y busca la satisfacción de un trabajo en el afuera, buscando la opinión de los otros”.


 


A partir de la Residencia Internacional Artistas en Argentina (RIAA) que se realizó en Buenos Aires en 2006, Judi Werthein, Graciela Hasper y Roberto Jacoby se pusieron a investigar una serie de modelos educativos y posibles ámbitos de formación artística. Tres años después, surgió el Centro de Investigaciones Artísticas (CIA), que se financia con el apoyo de diversas instituciones y donantes internacionales así como algunos locales. El CIA está pensado como un cruce entre artistas y pensadores, especialmente de América latina en la que se dan cursos, talleres, seminarios y conferencias a cargo de distintos especialistas. Cada año se otorgan becas de formación a artistas seleccionados por un jurado local e internacional a los que llaman “agentes”. “Fuimos uno de los que largamos una punta de un fenómeno que se está multiplicando en todas partes en un momento en el que no hay galería que no tenga su seminario de curaduría”, dice el artista Roberto Jacoby, al frente del proyecto. “Habíamos notado que en Buenos Aires hacía falta un nivel de conocimiento mayor del que existía y un espacio de reflexión dentro de un movimiento artístico extraordinario en el que el número de gente que estudia y hace cine, teatro, danza, literatura es enorme y hasta desproporcionado en relación al país que tenemos y hay un interés muy grande de conectar la cultura con el pensamiento crítico”. 


 


En esta misma línea se inscribe el Departamento de Arte de la Universidad Torcuato Di Tella, en el que los programas muchas veces funcionan como semilleros de artistas, como sucedió con la Beca Kuitca orientada a jóvenes que trabajaban en todas las disciplinas de las artes visuales en una etapa avanzada. “El Di Tella no tiene posgrados sino programas con profesores-artistas muy activos que no necesitan responder a un plan de estudios. Acá no se aprende un oficio. Es un espacio de experimentación y una puesta en cuestión de la obra para no legitimarla, para ponerla en duda y abrir nuevos paradigmas”, dice Sol Ganim, asistente en el Departamento de Arte que dirige Inés Katzenstein.


 


Este año, en el marco del Departamento de Arte, el cineasta Andrés Di Tella está dando el taller semestral Proyecto Documental: “Para nosotros era muy importante que los participantes no sólo fueran gente de cine, sino fotógrafos o artistas visuales. Esa mezcla es lo más rico. No hay una exigencia formal de título, ni siquiera haber terminado la primaria, pero hay que tener algo hecho. Europa es más formal, acá no hay exigencia académica porque en general los artista no son universitarios”, cuenta Di Tella, quien desde 2011 a 2013 dio junto a Martín Rejtman el Laboratorio de Cine. “La idea era ejercitar los cortos a un ritmo frenético. Se dividían en cinco grupos y cada uno tenía que hacer un corto por semana durante seis meses. Obviamente que no siempre lo llegaban a cumplir del todo”. Varios de los cortos que se originaron en el Laboratorio luego participaron en distintos festivales de cine.


 


Fuente: TodoShow.INFOnews.com


 


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